Mi nombre es Noelia Gutiérrez y, desde que tengo uso de razón, los perros han sido mi pasión. Siempre quise ser veterinaria, como muchos de los educadores caninos cuando eran niños, pero no alcancé la nota de corte y estudié una Ingeniería, que dicho por mi misma, era lo que tenía salida. Y es cierto que me hizo encontrar un “buen” trabajo, pero sólo eso.
A los 16 fue cuando comencé a compartir mi vida en casa con perros. Llegó a casa Kenya, una Cocker Spaniel negra de exactamente dos meses. Recuerdo que era el día de los santos inocentes y yo pensaba que se trataba de una broma. Cómo lloraba, no me lo creía… Tanto tiempo pidiendo tener un perro en casa que me parecía mentira. Kenya era algo gruñona, con cierto carácter, que asumimos como parte de su personalidad.
Más adelante me independicé, y Kenya se quedó viviendo en casa de mis padres hasta que llegó su momento. Aún recuerdo lo dura que fue su partida.
Ya independizada con mi pareja, llegó Dora, una Bulldog Francés de apenas mes y medio. Fue un error por nuestra parte llevarla tan pronto a casa, aunque en ese momento mis conocimientos eran prácticamente nulos. Era una perra bastante buena, aunque algo recelosa con algunos perros, debido a una mordida que sufrió con pocos meses de vida.
Casi al cumplir los 12 años, tuvimos que despedirnos de ella con todo el dolor del mundo. Una metástasis en el pulmón comenzó a deteriorar su calidad de vida, y cuando se quiere de verdad, hay que saber dejar ir.
Poco tiempo después de la partida de Dora, decidimos adoptar a un perro adulto. Simba, un “casi Beagle” de año y medio. En la visita a la protectora, mientras los demás perros ladraban desde los cheniles, Simba se mantenía tranquilo y callado. Todo un actor: sus ladridos y otras sorpresas aparecieron después.
Simba, era un perro lleno de energía y ansiedad. Había vivido con una persona en la calle, por lo que intuimos que estaba acostumbrado a la compañía constante y no sabía muy bien lo que era vivir en una casa.
Y empezaron los “problemas”: ansiedad por separación, nerviosismo, desbordamiento constante, falta de gestión de emociones… Todo esto nos llevó a buscar ayuda y comenzamos a trabajar con un educador canino de la zona.
Muchas personas nos decían: “Ya se acostumbrará”, “lleva poco tiempo con vosotros”, “dadle tiempo…”, pero yo sabía que no era solo cuestión de esperar. Había que actuar.
Gracias a esa decisión, conseguimos que Simba pudiera quedarse en casa tranquilo, tumbado en su cama. Sin embargo, Simba seguía teniendo algunos problemas ya que no gestionaba bien ciertas situaciones. Por ello, empecé un curso a nivel usuario con el objetivo de comprender mejor su conducta y ayudarlo.
Fue entonces cuando se despertó en mí esa pasión por los perros que, por circunstancias de la vida, había quedado dormida. Y tomé una decisión: formarme como educadora canina de forma profesional.
Lo que comenzó como una necesidad personal, se convirtió en una verdadera vocación. Bueno, esa vocación estaba dormida, se despertó.
Y de ahí nació: Ladra y no llores, un nombre con mucho más fondo que forma. Para mí, significa esto:
“A veces, necesitas alzar la voz (ladrar) antes de hundirte (llorar).”
Ladrar, es ese momento en el que decides actuar, pedir ayuda y dejar de sentirte solo o desbordado ante los retos que surgen en la convivencia con tu perro. Yo también estuve ahí. Y hoy, desde el otro lado, quiero tenderte la mano.
Mi enfoque se basa en el respeto, el vínculo entre tutor-perro y una educación desde la emoción. Creo firmemente que los perros no son problemáticos “porque sí”. Siempre hay un motivo detrás de su comportamiento, y con las herramientas adecuadas y el acompañamiento necesario, se puede encontrar una solución.
Me he formado con profesionales referentes en el sector y he vivido en carne propia lo que significa enfrentarse a una convivencia difícil. Por eso, mi forma de trabajar une conocimiento, empatía y experiencia real.
Gracias por estar aquí.
Si has llegado hasta este punto, quizás estés listo para “ladrar” antes de volver a llorar.
Estoy aquí para ayudarte.
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